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lunes, 18 de septiembre de 2017

Vencer la oscuridad

“En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres,
y la luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la vencieron”. (Jn. 1, 4-5)

Ave María. Fantasía. Disney.

Realmente, ¿existe la oscuridad?. No, la oscuridad no existe per se; la oscuridad es simplemente la ausencia de luz. Imaginaos que estáis acampados en un bosque y os despertáis en medio de la noche, a vuestro alrededor reina la más absoluta oscuridad, entonces encendéis una pequeña linterna, con esa pequeña iluminaria ya habéis roto las tinieblas nocturnas; en cambio, por muy extenso que sea el espacio donde impera esa negrura o por intensa que ésta sea, jamás podrá “romper” la luminosidad que habéis creado.

Lo mismo sucede con la maldad, con el odio y con todas las manifestaciones negativas del ser humano, que no existen per se, sino que se manifiestan ante la ausencia de la luz y del amor cuando no tenemos a Dios en nuestras vidas, en nuestra realidad.

Si queremos acabar con el oscurantismo, con el odio, con el dolor y el sufrimiento, sólo tenemos que encender la Luz que vive en nuestra alma y compartirla con quienes están a nuestro alrededor. Cuanto más la compartamos, más potente será, más lucirá, hasta que no quede lugar alguno donde pueda refugiarse la maldad, que, como ya he dicho, no es más que la ausencia de Dios en el corazón del hombre. Seamos luminarias vivientes para vencer el mal a ráfagas de luz.


miércoles, 5 de julio de 2017

Nuestros juicios nos juzgan

“No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados... Porque con la medida con que midáis, se os medirá a vosotros”. (Lc. 6, 37-38)
La Letra Escarlata, de Roland Joffé

¿Quién no ha criticado y/o juzgado a alguien alguna vez? No me equivoco si digo que todos en algún momento nos hemos erigido en jueces del comportamiento y forma de ser de los que nos rodean. Sinceramente creo que las críticas constructivas son buenas, pues nos ayudan a evolucionar y a mejorar. Pero hemos de tener en cuenta que, por la Ley de Causa y Efecto, todas esas críticas, juicios y condenas que hagamos a los demás volverán a nosotros como si fueran un boomerang que hemos lanzado.

Puede tardar unos instantes, unos días, unas semanas o años, pero lo que está claro es que tarde o temprano tendremos que enfrentarnos a esos actos (juicios, condenas) que en su momento hicimos. Lo que también es evidente, es que según el nivel de tolerancia y exigencia que hemos tenido para con los demás, así será el rasante con que se nos medirá a nosotros.

"Yo tampoco te condeno"
Por supuesto, no quiero decir que haya que consentir el mal; más bien quiero decir que hay que combatir el mal con el bien. Debemos hacernos críticas constructivas y corregirnos amorosamente unos a otros, pero eso no significa debilidad a la hora de ayudar o ayudarnos a enderezar el camino. Como madre he puesto límites a mis hijos, les he enseñado a cumplir las normas y dentro de ese cumplimiento de las normas a intentar cambiar las que pueden estar mal o usarse inadecuadamente, y cuando el comportamiento no era el que debiera ser, pues había un castigo proporcional a la falta, todo ello desde el mayor amor y respecto por ellos. Ésa es la forma en la que deberíamos corregirnos y ayudarnos unos a otros.

Ahora mismo podemos estar en situaciones que hayamos provocado nosotros por nuestros juicios a terceros. La vida nos trae personas que están en un nivel evolutivo similar al nuestro y que cometen errores y “pecados” similares a los nuestros, entonces al emitir el juicio y, a veces, la condena, nos estamos enjuiciando y condenando a nosotros mismos.

Antes de criticar, enjuiciar y condenar a alguien miremos a quien está enfrente del espejo y pensemos antes de hablar.

domingo, 2 de julio de 2017

La Certeza Interna

“Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a ese monte: muévete de aquí para allá, y se movería, y nada os sería imposible” (Mt. 20, 17)

Esto es lo que nos dice Mateo en su evangelio sobre la fe; fe o como me gusta llamarla a mí la certeza interna, la certeza absoluta.
El Loco. Tarot Rider-Waite

Pero ¿qué es la fe?. Primero veamos qué NO es. No es creer ciegamente en dogmas, creencias o religiones, porque eso acabaría siendo fanatismo. Por ejemplo, durante la Edad Media se quemaban a supuestas “brujas” (que en la mayoría de los casos no eran otra cosa que librepensadoras) porque no creían y no seguían los dogmas de la religión imperante en Occidente, la católica. Aunque la verdad es que no hay que viajar tan lejos en la Historia para ver la intolerancia en las relaciones humanas, otro ejemplo lo tenemos durante la Revolución Francesa, donde cayeron las cabezas de gran cantidad de religiosos, por mantener sus creencias. Y sin ir más lejos, hoy en día lo tenemos en los terroristas suicidas de la Yihad, a los que han convencido que si mueren matando infieles (o sea, a todos los demás que no pensamos ni creemos en lo que ellos creen) irán directos al paraíso donde les están esperando las huríes. Con todo esto, lo que podemos ver es que hemos tergiversado la máxima: “el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios” por “hemos hecho a Dios a imagen y semejanza del hombre”.

Además los poderosos de este mundo se han aprovechado de las religiones para imponer su poder intolerante y dictatorial a las masas, haciéndonos creer que si no seguimos sus normas y dogmas jamás nos salvaremos, porque, según ellos, sólo hay un camino para llegar a Dios y conseguir su Gracia. Eso NO es fe, es simplemente fanatismo, intolerancia, ignorancia absoluta y el ejercicio del poder de manera dictatorial.

Tampoco es Fe cuando en la vida nos va mal y suponemos que por creer y rezar todo se va a solucionar y si no es así, ya no me sirve ese dios en el que confiaba. No, la fe se demuestra cuando eres capaz de aceptar lo que viene a tu vida (bueno o malo) entendiendo que es un aprendizaje para que evoluciones y te perfecciones, y seas capaz de agradecer a Dios sus enseñanzas, aunque el resultado no sea todo lo bueno que tú quisieras.
Indiana Jones y la última cruzada

La Fe, o certeza interior, es la fuerza que nos hace ser nosotros mismos, que nos lleva hasta nuestro verdadero Ser Superior, que nos hace SER con mayúsculas porque nos conecta con la Unidad, que es Dios. La Fe te descubre que eres Uno con el Creador y con toda la Humanidad, te hace ver que hay muchos caminos para llegar a Dios y que todos son correctos cuando se basan en la libertad, en la tolerancia, en la aceptación del otro tal cual es y de ti mismo tal cual eres. La Fe te hace reconocer tu verdadera esencia, tu verdadero Yo, sin máscaras, sin componendas, sin disfraces, a cara descubierta y sobre todo te hace perder el miedo, porque el miedo no es más que la separación entre el hombre y su Creador.

La Fe es esa certeza absoluta de que todos somos hijos de Dios, que todos somos parte de Él y Él es nuestra esencia más auténtica. Da igual la religión que profesemos o que no profesemos ninguna religión, la Esencia está en nosotros, el Poder de Dios está en nosotros y la Fe, la Certeza absoluta, es lo que nos lo muestra, y cuando sintamos que nos falta esa certeza interior, sólo debemos pedirla con humildad y nuestro Padre nos la dará. La Fe es confianza absoluta.

martes, 20 de junio de 2017

La paja en el ojo ajeno

“¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?” (Lc. 6, 41).

Perro guía. Fundación ONCE
Estas palabras son de Jesús en el Evangelio de Lucas, hace más de dos mil años, hoy en día hablaríamos del “punto ciego”. Pero ¿qué es el punto ciego?. Fisiológicamente hablando podemos decir que en la parte posterior del ojo hay una zona que no tiene las terminaciones nerviosas que tapizan el resto de la retina. A esta zona se la conoce con el nombre de “punto ciego” porque no registra las variaciones luminosas procedentes del cristalino y, por lo tanto, crea una laguna de información en la que es transmitida al cerebro.

Desde el punto de vista psicológico, el “punto ciego” podemos decir que es la dificultad que tenemos para ver las cosas tal y como son. Sobre todo lo que tiene que ver con nosotros mismos o lo que nosotros consideramos importante, ya que ese punto ciego nos proporciona consuelo ante nuestros miedos y nuestro dolor.

Pero aquí vamos a ver el significado de “punto ciego” desde la perspectiva espiritual. Es algo parecido al nivel fisiológico. En nuestra Alma (nuestro verdadero Ser) tenemos una zona donde no llega la Luz y es tal la oscuridad que reina allí que ni nosotros mismos somos conscientes de lo que ahí habita. No somos capaces de ver esa parte tan oscura de nuestro ser, porque está tan intrínsecamente adherida a nosotros mismos que se nos hace invisible. Ahora quienes sí la ven perfectamente son los demás, todos los que nos rodean, para ellos es completamente visible y real.

Entonces, ¿qué podemos hacer para reconocer la “viga” en nuestro ojo? Escuchar a los que nos rodean. Cuando nos hagan una crítica sobre nuestra forma de ser, de comportarnos, debemos escucharlos y analizar y reflexionar sobre su crítica. No quiero decir que tengamos que comportarnos tal y como quieran ellos, porque nosotros somos como somos y tenemos nuestro propio camino, pero si queremos evolucionar y perfeccionarnos es imprescindible que nos conozcamos y que reconozcamos nuestra parte buena y también nuestra parte menos buena o mala, y para eso es absolutamente necesaria la ayuda de las personas que están a nuestro alrededor y se relacionan con nosotros. De esa manera seremos capaces de ver y eliminar nuestra viga, para así poder ayudar a quitar la brizna del ojo de nuestro hermano.


martes, 9 de mayo de 2017

Oración... ¿eso qué es?

Todos sabemos rezar. Es algo sencillo. Lo hacemos desde la más tierna infancia. Lo aprendemos como se aprende todo, por imitación. La mayoría hemos visto a nuestra madre o a nuestra abuela con un rosario en las manos diciendo entre dientes una letanía apenas audible e inacabable de oraciones que tampoco comprendíamos mucho, pero que era como el “abracadabra” de un mago, porque esa letanía servía para hacer milagros, para conseguir que Dios nos diera lo que deseábamos.
Manos orantes, de Durero.

Con el tiempo, al ir madurando, te vas haciendo racional, vas integrándote en el mundo de los adultos, del trabajo, del consumismo, de lo que llamamos “la realidad”, y en ese mundo no hay lugar para la oración, porque además hemos descubierto que el “abracadabra” no existía, que Dios no nos ha dado lo que deseábamos. Así que “no perdamos el tiempo que hay muchas otras casas que hacer”. Pero cuando la vida nos trae las pruebas que tenemos que superar (pérdidas, enfermedades, rupturas, etc) nos encontramos perdidos porque son situaciones que no podemos controlar desde la racionalidad, porque nos superan y no tenemos donde mirar, a donde pedir ayuda.

Todo esto sucede porque no sabemos el auténtico y profundo significado de la oración, porque no hemos aprendido a orar de una forma verdadera. Rezar no es repetir de forma automática una letanía sin saber ni experimentar el sentido profundo de las palabras que cual autómata decimos una y otra vez. Ni tampoco es nuestra particular “Lista de la compra” para que Dios sepa qué es lo que queremos que nos traiga porque hemos sido “buenos”.

Angelus, de Millet
Oramos para pedir y recibir algo que necesitamos o para dar gracias por lo recibido. En el primer caso, hay que decir algo obvio: para recibir primero hay que hacer hueco para eso que va a venir. Es decir, lo principal en la oración es la humildad. Sí, humildad para vaciarnos de toda nuestra vanidad, nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestro egoísmo y, así, dejar lugar para que Dios nos llene con su gracia, nos dé su regalo de amor y se haga un sitio en nuestras vidas. Y cuando la oración sea para dar gracias, igualmente con humildad debemos agradecer todo lo recibido compartiéndolo con los demás, para volver a “hacer hueco” y que Dios pueda volver a llenarnos.

Tanto si oramos con la repetición de mantras o letanías, como si oramos con las palabras que nos salgan del corazón, debemos hacerlo desde la humildad, sabiendo que no somos nosotros los que hacemos o logramos algo, sino que es el mismo Dios quien, a través de nosotros, actúa en el mundo, en la vida de todos y cada uno de nosotros.

“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mt. 7, 7)

sábado, 6 de mayo de 2017

El Poder de la Palabra

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios,
y la palabra era Dios.
Ella estaba en el principio con Dios.
Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.
En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres,
y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.
(Jn. 1, 1-5)

Big Bang
El poder de la palabra es inmenso, a veces no nos damos cuenta del bien o del mal que una simple palabra puede llegar a hacer.

A través de nuestras palabras podemos llevar consuelo al afligido, bienestar al enfermo, compañía al solitario, paz al angustiado, amor al que no se siente amado. Pero también es cierto, que por medio de la palabra podemos traer odio, violencia, angustia, dolor, sufrimiento.

Cuando algo o alguien nos enfada de verdad, nos molesta hasta el extremo, sentimos como si una olla en plena ebullición fuera a estallarnos en el pecho, junto con una enorme opresión que va subiendo por nuestro cuello hasta nuestra boca y en ese instante explota de manera violenta y repentina, con toda la fuerza de la que somos capaces, esa palabra tremenda y devastadora, que arruina todo lo que pilla a su paso. Y aunque nos hayamos “desahogado”, realmente el problema que ha generado toda esta reacción sigue intacto. Lo que no sigue intacto es la persona que ha sufrido nuestro enfado y, por supuesto, nuestro ánimo.

Adán y Eva. Codex Aemilianensis
A veces no es necesario que alguien haga algo que nos irrite para explotar, basta que ese alguien haya conseguido un buen trabajo, o unas buenas notas en los exámenes, o se haya comprado un nuevo coche, cualquier acción positiva de otros, si nosotros vivimos en una situación dominada por el miedo, la carencia, la disociación de nuestro verdadero ser, va a provocar que nuestras palabras en lugar de ser de felicitación y alegría, se tornen en un veneno tan ponzoñoso que no sólo hará daño a nuestro interlocutor, sino a nosotros mismos hasta tal punto que nos hundiremos cada vez más en el pozo de la envidia y los celos, ambos defectos son enfermedades terminales para nuestra alma.

También es cierto que si tenemos equilibrio y armonía en nuestra vida nuestras reacciones serán distintas. Sabremos encarar los problemas centrándonos en la solución y nos alegraremos infinito y sentiremos como propios los logros ajenos. Lo cual hace que la vida de los que nos rodean y la nuestra propia sea dichosa, afortunada y feliz.

Y todo esto es así, porque lo que comunicamos con nuestras palabras son los sentimientos que residen en nuestro corazón, en nuestra alma. Aunque también tenemos que saber que todos estos sentimientos que expresamos y que enviamos a los demás, nos alivian o perjudican a nosotros mismos. Porque todo lo que das se te devuelve multiplicado y porque si esos sentimientos que expresan nuestras palabras residen en nuestro interior, eso y no otra cosa será de lo que esté llena nuestra vida.

Cuidemos nuestros sentimientos y nuestras palabras, porque nosotros decidimos si vivir en la gracia, en la abundancia y en el amor, o, por el contrario, sumergimos nuestras vidas en un océano de adversidad, infortunio, odio y violencia.

Una vez más, del Árbol del Bien y del Mal ¿qué fruto escogeremos?


martes, 18 de abril de 2017

Hola, soy Dios, ¿tienes un minuto?

Cuántas veces hemos recibido una llamada en el momento más inoportuno en la que una voz nos pregunta educadamente: “Le llamamos de la empresa tal, ¿tiene usted un minuto?” Alguien nos quiere decir algo, o nos quiere vender algo y requiere nuestra atención. A Dios le pasa lo mismo, nos quiere decir algo, nos quiere proponer alguna cosa, pero necesita que le atendamos, que le escuchemos. En ocasiones se comunica con nosotros en un momento en el que no podemos ignorarle o decirle que estamos ocupados. Utiliza nuestros sueños como medio de comunicación y a lo largo de la Historia tenemos diversos ejemplos de ello.

En la Antigua Grecia las prácticas de curación se basaban en la magia o la religión. El dios sanador actuaba a través de la “incubación”. Esto es que el enfermo acudía al santuario correspondiente y en una especie de cubículo en una cueva se dormía bajo el pórtico sagrado y en completa quietud esperaba hasta que el dios sanador aparecía durante el sueño y, o bien les sanaba tocando la parte enferma del cuerpo, o bien les dictaba una serie de medicamentos que les curarían. Esta práctica también se hizo popular en Roma a raíz de una grave epidemia que se desarrolló hacia el año 293 a.C.
El Sueño de Jacob. Rafael.

En la Biblia también tenemos ejemplos de la comunicación de Dios con el hombre a través de los sueños. Uno de ellos fue Jacob (Gen.28, 10-19) que durante un sueño vio una escalera que unía Cielo y Tierra, y los ángeles subían y bajaban por ella. En ese sueño Dios le habló y le bendijo, a él y a toda su descendencia. Otro fue José (el marido de María), a quien un ángel en nombre de Dios se le apareció en varios sueños. En el primero para decirle que no tuviera temor de desposarse con María (Mt. 1, 20-21), después para avisarle de los planes de Herodes y que huyera a Egipto con María y Jesús (Mt. 2, 13) y, por último, cuando el rey Herodes murió, se le volvió a aparecer el ángel en un sueño para decirle que ya podía volver a Israel con su familia (Mt.2, 19-20).

Amadeus
En una época más cercana a la nuestra, tenemos a Mozart que, por ejemplo, decía poder crear sinfonías enteras en su mente antes de haber escrito ni una sola nota. “Toda esta producción -comentaba- tiene lugar en un agradable y animado sueño”.

A mediados del siglo XIX, en 1869, el químico ruso Dimitri Mendeleyev tuvo un sueño en el que vio una tabla en la que todos los elementos encajaban perfectamente en su lugar. Cuando se despertó, pasó a un papel lo que había visto. El resultado de este sueño fue la tabla periódica de los elementos que todos hemos estudiado.

Sí, Dios nos habla a través de los sueños. Evidentemente, no a todos los sueños les vamos a dar el status de ser comunicaciones que Dios nos hace, ni mucho menos. Pero, ¿quién no ha tenido alguna vez un sueño especial? Un sueño que cuando nos hemos despertado, nos hemos sentido distintos, bien porque hemos encontrado la solución a un problema, bien porque nos hemos sentido consolados en una aflicción, o bien porque tras ese sueño nuestra vida ha cambiado radicalmente y hemos encontrado nuestra razón de ser.

Cielo. Atardecer
Creo que el estado en el que entramos cuando soñamos, a veces nos permite conectar con el “otro lado”. Con la otra realidad que, tal vez, sea más real que este mundo físico en el que vivimos nuestra existencia material. En ese mundo espiritual podemos conectarnos con la Fuente primigenia, de la que todo ha partido y a la que todo volverá. Podemos ser libres y tener acceso a la sabiduría, a la sanación, a la armonía, al Amor Incondicional, a la Luz.

No siempre es necesario estar dormido para tener este “sueño”, otras veces podemos estar en vigilia y somos capaces de conectar con el mundo espiritual, pero no lo llamamos sueño, sino intuición, corazonada o sexto sentido. La verdad, es que el nombre que le demos es lo de menos, lo importante es saber que podemos conectarnos desde el corazón, desde el alma, con el Padre y dejarnos enseñar. Entonces, todo fluirá y funcionará en nuestra vida.


lunes, 10 de abril de 2017

El Desapego

El desapego es uno de los principales caminos para alcanzar la paz interna, la realización y la libertad, aunque también es cierto que es uno de los caminos más difíciles de transitar.
Hermano Sol, Hermana Luna. Franco Zeffirelli

Desapego no significa que tengamos que renunciar a nuestras metas, sino que renunciamos al interés por el resultado. El apego se basa en el miedo y en la inseguridad, es producto de la sensación de carencia que nuestro ego nos ha creado, por eso sólo se interesa por los signos externos, por lo material (dinero, un buen coche, una casa cara...). El ego nos hace creer que cuantas más posesiones materiales tengamos, más seguros estaremos, pero la realidad es otra muy distinta, cuanto más dinero (o posesiones) se tenga, más miedo a perderlo se tiene. El apego no quiere cambios y cambio significa evolución. Cuando no se evoluciona todo se estanca y se pudre.

Podemos estar apegados a cosas o a personas. Cuando no somos capaces de dar un paso sin que esa persona especial esté con nosotros y nos dé su beneplácito, cuando no dejamos que esa persona, con la que nos unen lazos afectivos, tenga la libertad suficiente para tomar sus propias decisiones (aunque se equivoque) y la obligamos a que, de una manera u otra, nos consulte cada paso que vaya a dar en la vida, todo eso es apego. Ese apego, que como ya hemos dicho es miedo a la pérdida, lo que nos puede generar es justo lo que tanto tememos, que esa relación se destruya y esa persona desaparezca de nuestra vida.

Hermano Sol, Hermana Luna. Franco Zeffirelli
El desapego se basa en el poder incuestionable del verdadero Yo, del Yo interior, del Yo superior. Cuando renunciamos al interés por el resultado, renunciamos al deseo, que la mayoría de las veces confundimos con la necesidad y que nos lleva a perseguir metas que no son las que realmente nos satisfacen. Esa renuncia nos hace estar más relajados, con más confianza en nuestras potencialidades, por lo que nos resulta más fácil conseguir lo que de verdad deseamos. El desapego implica no depender de nuestras posesiones materiales o de las personas con las que tenemos vínculos afectivos, lo cual no significa no amar o no apreciar lo que hay en nuestra vida, sino comenzar a vivir de una manera más libre, más plena, sin inseguridades malsanas y sin el temor a la pérdida, porque si algún día esas personas o esas cosas materiales que creemos poseer ya no están en nuestra vida será para bien. Siempre es para bien.

Seamos libres y confiemos en el proceso de la vida.

“Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria, se vistió como uno de ellos” (Mt. 6, 28-29)